martes, 1 de abril de 2008

EL AMOR

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Y ahí estaba yo, de pie, frente a ella, mirándola como si fuera la primera vez.

Sus ojos se abrazaron a los míos casi con furia, como si no quisieran separarse nunca más. Respiraba entrecortadamente a causa de la emoción, y su pecho ascendía y descendía arrítmicamente, intentando a duras penas enjaular su excitación. El aire que nos separaba era un intruso entre nuestros cuerpos, que deseaban encontrarse como las flores desean la lluvia. Al mirar sus manos temblorosas comprendí, como si me hablaran, que sus dedos soñaban con clavarse en mi piel, que sus labios ardían por devorar los míos con frenética desesperación. Nos dijimos mil palabras en dos segundos de silencio, y nos ensordecía el sonido de nuestros propios corazones al llamarse. Sin desplazarnos del sitio, a dos metros de distancia, nos desnudamos el uno al otro y nos amamos como en los libros de poesía. Sin mover ni un solo músculo, confundimos nuestros cuerpos en una vorágine salvaje. El salado rocío de sus ojos brilló un instante al amanecer su mirada, en lo alto de su mejilla, antes de besar el suelo.

Disparó, y todo se volvió...

... negro.

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viernes, 28 de marzo de 2008

Despertares

Miguel despierta y, como cada mañana, desearía seguir dormido, siempre dormido.. sale a la calle pronto y la bruma y el rocío le humedecen sus secos labios.. Se sienta un momento en un banco de parque y escribe: Ayer te rasqué la espalda, como cada día, toqué tus orejas y te leí el trozo de Proust de las magdalenas, pensando en que quizá éstas fueran a introducirse en tus sueños como uno de nuestros desayunos de zumo, galletas y risas entre las sábanas… luego me quedé dormido en el viejo sillón de madera, que ya lo siento como mío.. al caer la noche volví a casa, como siempre, deseando soñar y conectar en mis sueños con los tuyos y, así, vernos vivos aunque sea en sueños, tu en los tuyos, yo en los míos…
María despertó, cinco meses después… en un viejo sillón de madera estaba Miguel, que se había quedado dormido.. a duras penas pudo levantarse, se acercó y le susurró al oido, despierta…

jueves, 6 de marzo de 2008

Maná

La moneda cayó en la caja de cartón con un ruido metálico ahogado por el tráfico. Sus labios secos por el frío se movieron entonando un agradecimiento mudo.

Cuando se encontró sólo de nuevo, sacó del bolsillo sus ganancias del día. Añadió la nueva moneda, contó mentalmente y volvió a guardarse el montón de calderilla.

Sólo le quedaba seguir esperando.

lunes, 3 de marzo de 2008

El sauce...

Los rayos de luz buscaban desesperadamente un lugar en el que posarse cuando me encontraron a mi, sentado en el banco del parque, con las manos cubriéndome la cabeza y los pies pisándome el alma.. ¿cómo he llegado hasta aquí?.. ¿en qué momento se quebró todo y me vacié?.. Al calor de los primeros rayos levanté la mirada y ahí seguía, erguido, el viejo sauce del parque.. Cuántas habras visto ya de éstas... cuántas de felicidad desbordante, descontrolada, cuántas de tristeza gélida y solitaria.. caminé hacia él y acaricié el tronco con mis temblorosas manos.. me apoyé contra él y así, abrazado al sauce, teñido por las sombras de sus hojas, arranqué un calor que creía olvidado..

viernes, 29 de febrero de 2008

TEJEDORES DE SUEÑOS

Pocas veces se había visto tanta actividad en el granero del castillo de Airún. Mientras el tuerto Eurigio vigilaba que el portón de entrada se mantuviera cerrado, un ejército de aldeanos, capitaneado por Virenia, Amelia y Guzmán, daba las últimas puntadas al ala izquierda del coloso que había estado levantando las últimas noches. Si todo salía bien, la gigantesca cometa se elevaría a los cielos en unos pocos días, y el príncipe Hugo podría ganarse sus espuelas de caballero.

Era un buen muchacho, el príncipe. Era uno de esos seres encantadoramente desorientados que se pierden hasta en el patio de su casa, e iba a todas partes distraído, ensimismado, y singularmente mal vestido, pero siempre estaba dispuesto a bajarse del caballo y echar una mano con la siembra o la recolección, o a mirar al otro lado si algún campesino hambriento abatía un ciervo real. Y más de una doncella se había librado de pasar la noche de bodas en la cama de algún noble, gracias a su intercesión. Por eso habían ido sus súbditos tantas noches al granero, olvidándose de que tenían que dormir.

Ya no quedaban dragones en el reino. El último había sucumbido, hacía ya quince años, bajo la espada del duque Silano, tío del príncipe. Pero la norma que obligaba a los aspirantes a caballero a matar un lagarto gigante todavía no había sido derogada y, si no conseguía las espuelas, Hugo no podría obtener la mano de la hija de los condes de Leuren, su gran amor desde que ambos eran niños. Y eso le hacía andar triste y cabizbajo, especialmente cuando alguno de los heraldos que había mandado a países lejanos volvía, y le comunicaba que allí tampoco había encontrado nada.

Si todo salía bien, en unos pocos días un gigantesco dragón de tela surcaría los cielos, y nadie fuera de los autores se percataría del engaño. Si todo salía bien, en unos pocos días el príncipe Hugo demostraría su valía en un épico combate y volvería al castillo sonriente, admirado ante su casi milagrosa fortuna. Si toda salía bien, en unos pocos días los aldeanos podrían volver a la comodidad de sus lechos, dichosos por haber contribuido a la felicidad de un hombre al que todos querían. Si todo salía bien, en unos pocos días un nuevo caballero andante partiría hacia el castillo de los condes de Leuren.

Mientras el resto de los improvisados sastres seguían cosiendo el ala izquierda, Virenia, Amelia y Guzmán empezaron a plantearse cómo conseguirían que saliera fuego de la boca de su criatura.