miércoles, 1 de octubre de 2008
lo pinté yo...
Pasa los minutos, estático, como clavado a la butaca, con los ojos vidriosos contemplando el escenario, la mente absorbiendo todo cuanto pasa y, cuando Francesco Hong e Indra Thomas cantan a duo sobre un paraje desolado, medio temblando y con los pelos completamente erizados, observa el gigantesco tronco de poliuretano y piensa, ese tronco lo pinté yo....
lunes, 22 de septiembre de 2008
Yolanda y Ecuas...
Yolanda se ha puesto una falda verde, un jersey por los hombros y con una diadema deja que todo el pelo liso le caiga por la espalda. Coge el cochecito, llama al ascensor y, cuando Carlos, apoyado en el alfeizar de la puerta le dice, con los ojos sombreados por la tristeza, -¿hasta cuándo piensas seguir así? -más parece un ruego que una pregunta- ella, simplemente, pulsa el botón del bajo y las puertas del ascensor se cierran. Nunca sabrá, como tantas cosas que uno nunca llega a conocer, que Carlos aquella noche tardó diez minutos en cerrar la puerta, de cuclillas, llorando en el alfeizar. Afuera, el silencio solo es roto por el intermitente paso de los coches y, ya en el parque, tan solo el sonido de algunas hojas al caer de los árboles, las ruedas del cochecito girando sobre la piedra.
La farola, como cada noche, alumbra las hojas de Ecuas, les da calor. Éstas pasan de largo, rozando la farola a su paso, se proyectan hacia la novedad del húmedo césped, lejano, sin llegar nunca a tocarlo. El césped, la farola, siempre han estado allí, compitiendo a su modo por los favores de Ecuas, que parece cansado de la conocida farola y crece hacia lo inexplorado; la magia de lo desconocido.
Yolanda pasa con su cochecito vacío por debajo de Ecuas y, por un momento, el viento mece las hojas y su pelo al unísono. Dos mundos que, por un instante, se tocan y comparten; ella se detiene, se sienta en el banco a contemplar el árbol. Allí, bajo la tranquilidad de las hojas alargadas, iluminadas por la farola, contempla el interior del cochecito y las lágrimas comienzan a caer sobre el césped.
jueves, 18 de septiembre de 2008
VOLAR - Capitulo 1. (Sabor)
martes, 16 de septiembre de 2008
BIENVENIDO A CASA

Con sus treinta años de experiencia, Alfredo Padúa no encontraba explicación a sus temblores. Agarró con firmeza la pala para ahuyentar de sí los malos espíritus, y la levantó amenazadoramente por encima de su cabeza previendo la necesidad de ahuyentar también algún ser más terrenal.
- ¿Quién anda ahí? - Gritó a la noche abierta del cementerio.
Entre la oscura bruma se podía distinguir una figura enana e inmóvil junto a la familiar forma de una lápida. Tras pasar tantas noches en aquellos terrenos, encontrarse de frente con las sombras sinuosas y tétricas de los mausoleos le inspiraba más tranquilidad que toparse con una silueta humana.
Se aproximó unos pasos, pala en mano, y encontró un niño de no más de cinco años arrodillado frente a un montón de tierra.
- ¿Qué haces aquí, chico?
El niño no respondió. Estaba terriblemente quieto, su mirada fija en el montón de tierra. Alfredo se rascó la cabeza debajo de la gorra. Parecía que la tierra había sido removida recientemente, aunque llevaba un par de días sin la llegada de ningún nuevo inquilino.
- Oye, no deberías estar aquí. Seguro que tus padres te estarán buscando.
El silencio del chico le empezaba a resultar extrañamente incómodo. No se le daban bien los niños, y quería deshacerse de aquél lo antes posible.
- Ven. Llamaré por teléfono para que alguien del pueblo venga a recogerte- dijo, tendiéndole la mano a la altura de su cabeza-.
Sin mediar palabra, el niño le agarró la mano y se dejó levantar con suavidad. Al volverse para ir hacia su caseta, Alfredo pudo distinguir dos nombres en aquella lápida: uno de hombre y uno de mujer, un matrimonio que había pasado a mejor vida hacía varios años.
Al leer la roca, Alfredo no pudo evitar pensar en la anormalmente fría mano del niño.
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martes, 2 de septiembre de 2008
Ombliguitos de mazapán
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Enero 2009
El café se derramó sobre. Mi café oscuro manchaba su luminosa blusa. Sobre; Ella. Café negro, piel blanca. Me dió en la cara con la piel blanca, blanquísima de su palma. La palma de la mano.
Es un culo bonito.
Miau.
